11 de abril de 2013

BAFICI | "No" de Pablo Larraín | Televisión y cultura de masas

Por Cristina Gómez Penna


La película No de Pablo Larraín se convirtió en la primera cinta chilena candidata al Oscar como Mejor película extranjera, y provocó gran revuelo en el país. Curioso era cómo la gente comenzó a interesarse en el cine nacional, aunque fuera por un acontecimiento en particular. Los ojos estaban centrados en esta nominación ya que en el inconsciente nacional existía una esperanza de que No corriera la misma suerte que la película trasandina El Secreto de tus Ojos (2009). Aun cuando No no ha sido la película que ha llevado mayor cantidad de espectadores a las salas, con la nominación, los medios la trataron como un acontecimiento. Se instaló  como un “orgullo nacional”.

La película nos instala en la creación y la realización de la campaña publicitaria del No, para el plebiscito de 1988, con el slogan “La alegría ya viene”. Eran épocas de esperanza. Con la presión internacional, al dictador Augusto Pinochet no le había quedado otra que aceptar la realización de un plebiscito. Si ganaba el No, él dejaría su mandato y daría paso a elecciones presidenciales “democráticas”. Ahora, si vencía el Sí,  Pinochet continuaría en el poder hasta el 11 de marzo de 1997.


El film comienza con la presentación de la pieza publicitaria de la extinta bebida nacional Free, a cargo de los creativos Luis Guzmán (Alfredo Castro) y Rene Saavedra (Gael García Bernal). Saavedra, quien representa un “recambio generacional”, argumenta el resultado de su trabajo: “un producto que te invita a ser valiente, te invita a ser  'Free'” y Guzmán dirá, al momento de defender la pieza publicitaria: “Esto es todo lo que nuestra juventud necesita; música, romance, rebeldía, pero con orden y respeto”. A partir de aquí se distinguen las diferencias en el discurso que marcan a estos personajes que, desde sus historias de vida, conciben la creación de un producto publicitario de manera opuesta, pero con un mismo objetivo: vender y llegar a la gente. Saavedra ha retornado del exilio, viene con otros aires, percibe la necesidad de una juventud entristecida. Guzmán sabe que lo que crea Saavedra es bueno y resulta, valora su talento, pero asume la postura de fiscalizador que vela porque no se atropellen los valores conservadores impuestos por la dictadura. El personaje de Castro es cercano a Pinochet y en especial al ministro del Interior de la época, Sergio Fernández (interpretado maravillosamente por Jaime Vadell).

En los 80 la sociedad chilena estaba dividida, era claro que la dualidad se gestaba entre ser partidario de Pinochet o estar en contra de la dictadura. Los primeros se especializaron en hacer “vista gorda” a las violaciones de los derechos humanos mientras defendían la libertad mercantil. Hacer esta “vista gorda” no era tan difícil, ya que la opción era vivir en la ignorancia sometido a los medios oficiales y a la cultura televisiva del entretenimiento. 

Una parte de la sociedad tuvo una marcada cultura televisiva que enaltecía a los iconos pop, defensores de los valores de la dictadura. La televisión se instaló en las casas, instó a tener una escasa postura crítica y fue formando una suerte de falsa realidad, que   fomentaba la desinformación, el valor del espacio privado que subyugaba al espacio público, desde una mirada controladora, totalitaria y censuradora. Bajo este estadio, no resulta extraño que una campaña publicitaria tuviera tanta fuerza como para motivar a la gente a que votara por sus ideales y sin miedo. Los publicitarios tenían que aprovechar de la mejor manera los 15 minutos diarios de pantalla con el fin de capturar a los ciudadanos que preferían mantenerse al margen de este suceso histórico. Larraín destaca cómo la televisión,  tan bien posicionada en los hogares, fue el medio que en esa franja de tiempo entregó más que simple entretención una concientización y empoderamiento ciudadano.

La película se filmó en el soporte que se empleaba en los 80, el vídeo U –Matic 3:4, lo que provoca una imagen sucia, con blancos quemados, semejante al formato de la televisión de la época y  junto a la tonalidad dorada se funde con las imágenes de archivo, en una depurada edición de Andrea Chignoli. Existe un juego interesante de exponer en el presente a los reales protagonistas de esta campaña, haciendo una alusión al paso del tiempo. Personajes míticos, que se atrevieron a cruzar el umbral del miedo y apoyaron públicamente esta campaña (actores, dramaturgos, cantantes, periodistas, políticos, etc.) cuando eso implicaba poner en riesgo la vida. 

No es una evocación de la campaña publicitaria y deja de lado el real significado que tenía, los ideales, las distintas realidades. Con la película se constata sí que en muchos de los protagonistas de esta campaña, que en el Chile contemporáneo son políticos activos y representativos, solo existía el deseo de ganar el plebiscito y no de  hacer cambios profundos y estructurales al sistema y reformas dejadas por la dictadura. 

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